El horror de Bosnia en los 90

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Historia

La carretera que va de Sarajevo a Sahbegovici, a una hora de distancia, atraviesa las montañas de Romanija. Hace unos seis años, en estos bosques, los leñadores encontraron una fundición con cuarenta y seis muertos. ‘En el año 1999, la carretera estaba hecha un desastre: coches quemados, no había indicadores, fatal… No me di cuenta y ya pisaba el pueblo. No quedaba nada. Sólo zarzas, escombro y ceniza. Ni una casa. Habían sido quemadas y dinamitadas. No había ni camino para llegar’, me explicaba Jordi Rodri en Barcelona. El pueblo está cerca de la ciudad de Sokolac, uno de los feudos más radicales y sanguinarios de los serbios de Bosnia. Los voluntarios de Trenkalos decidieron reconstruir el pueblo en homenaje a los bosnios que querían volver a una zona tan hostil y, también, para contribuir a borrar los resultados de la limpieza étnica.

Unir fuerzas para trabajar mejor

Al principio también colaboró ACNUR y, después, recibieron ayudas de ayuntamientos catalanes y de la Generalitat. Hoy, después de muchos años de trabajo, Sahbegovici ha renacido entre los escombros. Una parte de sus habitantes han ido volviendo, venciendo el miedo y los recuerdos de la guerra. Hay cuarenta casas, diez de las cuales son habitadas todo el año. Pero el recuerdo del día que tuvieron que marchar es imborrable. ‘El ataque contra el pueblo era inminente. Un amigo serbio nos avisó y nos indicó los caminos para huir y no caer en manos de las patrullas serbias. Estaba agradecido porque los musulmanes de Sahbegovici habían salvado la vida de su padre a la guerra mundial. No tuvimos tiempo de nada. Cogí la familia, el tambor de mi padre y las escrituras de las propiedades, y nos escapamos hacia Sarajevo’, me explica Sead Durakovic. ‘Acabábamos de hacernos una casa nueva, aquí mismo. Mira. No quedó nada. Pero todos pudimos salvar la vida.’

Sahbegovici es hoy un pueblo de montaña precioso, con huertos, árboles frutales y rebaños de corderos. Un paraje ideal para el turismo rural. Hay muchas casas decoradas con pinturas murales alegóricas. ‘Los proyectos que hacemos allá, tienen dos caras’, me explica Jordi Rodri. ‘El beneficio del trabajo es para los musulmanes del pueblo, pero la ganancia económica –compra de materiales, herramientas, un tractor, etc…– es para los serbios de los alrededores. Ayudamos a unos, pero se benefician todos. Es una manera de entender que separados no se puede salir del pozo. Allá siempre han estado juntos. Crear ahora una división es tan artificial que el territorio no lo puede asimilar.’

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